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Ad astra per aspera

Blog de lingüística y literatura

 

Seguimos con semiótica narrativa

Hice otro cuadro (la locura va para rato), ahora sobre los actantes… por si le interesa a alguien (si van a usarlo, por favor citen la fuente):

Para el que lo necesite (citar fuente, por favor)

Cuadro resumen.

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Semiótica narrativa… motivo de pesadillas

Bueno, tras haber abandonado este blog por tanto tiempo, les muestro lo que surgió de una de las causas del abandono.

Mi método de estudio es siempre el mismo: resumir a la par de la creación de cuadros. Ahora mismo (aparte de otras cuatro materias) estoy estudiando para analizar una novela de Juan José Manauta, Las Tierras blancas, como trabajo final de una hermosa asignatura llamada “Taller de metodologías del análisis literario”, ahora bien, tenemos como base a Greimas (madrecita santa, quién sabe cómo quedaré después de esto), Barthes y Hjemslev; así que, fiel a mi método, mientras iba navegando por esos inciertos mares semiológicos, iba haciendo un pequeño cuadrito… esto que pongo a continuación, es el resultado… si hay errores son atribuibles a la falta de sueño… o sobra de sueño, según cómo se vea.

Creado por Solange M. Delaloye

Creado por Solange M. Delaloye

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Escuelas semiológicas: glosemática

Ya que los estudios no me permiten desarrollar temas nuevos, decidí publicar un trabajo que hice cuando estaba en primer año (o sea, hace tres años) para la asignatura de lingüística:

La glosemática es una teoría lingüística desarrollada por Louis Hjelmslev, cuyo objeto es explicitar las intuiciones profundas de Saussure.
Esta teoría atribuye un papel central a la forma, depurada de la realidad fónica y semántica, a la vez que relega a un segundo plano la interpretación funcionalista de la doctrina saussuriana

Hjelmslev parte de dos ideas saussurianas:

-La lengua es forma, no sustancia
-Toda lengua es, a la vez, expresión y contenido

“La lengua es forma, no sustancia.”

La diferencia, desde un punto de vista semántico, que existe entre dos lenguas consiste en que determinados matices que, en una de las lenguas, se expresan mediante el mismo signo, deben expresarse en la otra mediante signos diferentes.

Las unidades lingüísticas introducen una subdivisión en el mundo de la significación y el sonido, para lo cual deben ser algo diferente a esa subdivisión. Empero, puesto que para proyectarse en la realidad, las unidades lingüísticas deben existir independientemente de esa realidad, del sonido y del sentido; Hjelmslev quiere ir más allá de la oposición entre forma y sustancia que plantea Saussure. Para tal propósito, tras rechazar el principio de oposición (un signo está constituido sólo por aquellos elementos [fónicos y semánticos] que lo distinguen de los demás signos), desarrolla otra concepción de Saussure en la que la unidad no puede definirse a sí misma sino solamente por las relaciones que la unen a las demás unidades de la lengua. Entonces, la lengua es forma puesto que sus unidades deben definirse por las reglas que les permiten combinarse.

Por eso Hjelmslev, a diferencia de Saussure, distingue aquí tres niveles:


- A la sustancia saussuriana (la realidad semántica o fónica, independientemente de la lengua), la llama materia.
- A la forma saussuriana (subdivisión, configuración, basada en el principio de oposición), la llama sustancia.
- Adopta el término forma para la red relacional que define las unidades, esto es, las relaciones que unen a una unidad con otras.
La relación entre estos tres niveles se da por la noción de manifestación:

“La sustancia es la manifestación de la forma en materia”

“Toda lengua es, a la vez, expresión y contenido”

La anterior reinterpretación lleva a Hjelmslev a reinterpretar también la afirmación de que “las lenguas se caracterizan a la vez en el plano de la expresión y en el del contenido”. Para Saussure esto significa que la forma en que los signos se reparten la significación introduce en ésta una subdivisión original. Pero si se quieren considerar solamente las relaciones combinatorias entre unidades, es necesario renunciar a la distinción entre expresión y contenido, puesto que la forma de ambos es idéntica (las relaciones que hay entre los signos vinculan tanto sus significaciones como sus realizaciones fónicas)

Para salvar la distinción entre expresión y contenido, Hjelmslev debe abandonar la idea de que el signo es la unidad lingüística fundamental, lo cual no representa mayor dificultad, ya que los fonólogos evidenciaron unidades menores al signo:

los fonemas (unidades teóricas básicas) Por ej.: la palabra ébano comprende cinco fonemas (/e/ /b/ /a/ /n/ /o/)
los semas (la más pequeña unidad de significación definida por el análisis) Por ej.: ébano = /madera/ /negro/

Entre las leyes combinatorias que conciernen a los fonemas y a los semas, no existe correspondencia.

Por tanto, materia, sustancia y forma se desdoblan tanto en el plano de la expresión como en el del contenido. Esto significa, entonces, la existencia de seis niveles lingüísticos fundamentales.

Aunque Hjelmslev utiliza el método fonológico de conmutación, somete a éste a la crítica del principio de oposición; pues, según él, la conmutación no autoriza a decir qué son los elementos lingüísticos inferiores al signo. Hjelmslev crea, entonces, una terminología particular:

Glosema: elemento lingüístico revelado por la conmutación, pero definido formalmente
Cenema: glosema de la expresión (correspondiente al fonema)
Plerema: glosema del contenido (comparable al sema)
Taxema: correspondiente formal del rasgo distintivo (noción utilizada sólo de forma esporádica)

Al atribuir la glosemática un papel fundamental a la forma, relega a un segundo plano la función, el papel que la lengua tiene en la comunicación. Pero esto permite relacionar lenguas naturales con otros lenguajes muy diferentes. Hjemslev propone así una tipología de conjunto de los lenguajes basada sólo en sus propiedades formales, permitiendo que se hable de lengua cuando ambos planos de un lenguaje tienen la misma organización formal y sólo difieren por la sustancia. Se hablará de lengua denotativa cuando ninguno de los dos planos es en sí un lenguaje (las lenguas naturales en su empleo habitual). Cuando el plano del contenido es en sí un lenguaje, hablamos de una metalengua. Si el plano de la expresión es ya un lenguaje, se trata de una lengua connotativa: el significante no es sólo el término usado sino el hecho de que se haya recurrido a tal término para expresar la idea. En este caso el significante es menos la palabra elegida que el hecho de haberla elegido.
Es ésta una ampliación del campo lingüístico alcanzada por Hjemslev que toda la semiología moderna ha aprovechado.

Mata ne!

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Palabras gloriosas… ¡MALDITAS!

Otro poco de poesía por ahora hasta que pueda volver a tratar algún tema lingüístico o literario, el latín me está llevando todo el tiempo (sarna con gusto…)

¿Qué son esas palabras
que a unos envuelven en sedas
y a otros ahorcan?
que alguna sonrisa despiertan
y a mí me ahogan,
qué son que en unos oídos endulzan
y en otros derraman amarga hiel.

No maten, ¡traidoras!, el ensoñar de mi alma,
¿por qué bañan ahora
el sonrosar de mi piel?
Culpables, traidoras, cobardes,
arrebatadoras, conquistadoras del querer.
Ambiguas como vosotras ¿quién fuera?
A unos dan aire fresco,
a otros asesinan por detrás.
Melosas, caricias, enternecedoras,
desgarradoras, corruptas, pudrición.

¿Qué son esas palabras
que han soltado a mansalva
y atraparon mi soñar?
que a unos aman
y a otros atropellan,
que a alguna insuflan ternuras
y a mí me destrozan el corazón.

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Las convenciones sociales y los actos afortunados o desafortunados (Austin)

Hoy, como cada viernes, tuve clases de pragmática por 120 minutos (se imaginarán cómo sale una de ahí… ¡¡con una sonrisota!! jeje). Interesante, pues estuvimos charlando sobre unas disertaciones de Austin acerca de los “actos lingüísticos” como él les llama en una oportunidad en la conferencia II, o actos de habla como les llamamos por lo general.

En esta conferencia, Austin nos habla sobre las convenciones y qué relación tienen éstas con los actos “afortunados” y “desafortunados”.

Para explicar las cosas con propiedad: sistematización.

Según Austin existen dos tipos de enunciaciones:

-Los constatativos (enunciados) son aquellos sintagmas verificables que pueden ser clasificados en verdaderos y/o falsos;

-los realizativos son enunciaciones que son, a la vez, una acción. Por ejemplo jurar; sólo puede jurarse por medio de un acto lingüístico “Yo juro…”.

Ahora, dentro de lo que se refiere a los realizativos, debemos tener en cuenta el concepto filosófico de acción: aquello de que un acto debe ser voluntario y tener un fin intencionado, sólo se dirá que la acción a tenido éxito si el fin de la acción se corresponde con el fin intencionado y será un fracaso si no se corresponden y blah, blah, blah. Bueno, eso a grosso modo explicado (para más datos, agarre un libro, che… a mí me hacen leerlos enteritos y con terminología complicada, los muy malvados).

Pues bien, el caso es que este señor Austin dice que la acción ha sido afortunada cuando culmina en éxito y/o desafortunada cuando no.

Pero he aquí el asunto que nos compete en este caso y es responder al interrogante: ¿y qué pito tocan las convenciones sociales aquí? Pues bien, las convenciones son las que establecen las pautas que deben cumplirse para que un acto lingüístico sea afortunado o desafortunado.

Esto se explica mejor con un ejemplo:

Bautizar es un realizativo (ver concepto arriba), hasta ahí vamos clarito ¿no? Ok, repasemos los pasos para, por ejemplo, bautizar un barco: un funcionario público, digamos un intendente, o alcalde, o presidente, ante una multitud, estrella una botella de champaña, que ostenta un gran moño, contra el casco de la nave a la vez que dice “Yo bautizo este barco con el nombre de Bilbao” (no puedo evitar hacer referencias a Les Luthiers, acostúmbrense a eso); ignoro si se me escapan detalles, de todos modos no son relevantes para lo que nos compete.

Bien, estamos de acuerdo en que esas pautas -barco, funcionario, botella, palabras, nombre- deben ser cumplidas para decir “el barco fue bautizado”. Pero ¿de dónde han salido dichas condiciones? ¿quién dijo que deben estar presentes todas esas cosas para que el acto esté correctamente hecho y sea válido? La respuesta es muy simple: la sociedad.

Las convenciones sociales nos rigen, pues todo lo establecido lo ha sido por convención social. Es decir que si la sociedad hubiera decidido que para bautizar un barco era menester rociarlo con leche rancia, que cuatro marineros dancen con un pato bajo el brazo mientras el capitán canta “juro que este barco se llama Bilbao” con el ritmo de “la cucaracha” (aunque iría fuera de tempo), eso sería lo que se haría cada vez que se esté por lanzar un barco nuevo al mar y se diría que el acto ha sido afortunado. Pero como lo que se hace es lo que describí antes, quien se antoje a llevar a cabo las sandeces que acabo de escribir estaría realizando un acto desafortunado.

Exactamente lo mismo se aplica a lo estrictmente lingüístico en cuanto acto.

Esto es todo por hoy sobre Austin (es que tengo sueño, he madrugado dos días seguidos y eso es demasiado), la próxima vez trataré el tema de los abusos y los desaciertos que puede ser un poco más enredado.

Mata ne!

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El camino de mi retorno (poesía)

Una poesía que escribí a principios de este año en el camino de regreso de Rosario a mi ciudad:

Qué tremenda inmensidad ¡Dioses!

Y cuánta insignificancia en uno conjugadas,

en pretérito,

en aoristo,

en naturaleza y en humano.

Tantos designios, tanta cruda rudeza

que nos convierte en traficantes

de cariños robados; y en una amalgama

de placeres me revisto

para pronunciar tu nombre en el silencio

de este camino que de nuevo me lleva a tus brazos

y esas manos que me separan del mundo,

y esos ojos refugio que añoro a lo loca.

¡Ah!, sí, cuánta paz; pero no sé si no es más

la que me espera en tus labios,

esa calma preciosa como la de la bella luna,

mártir infinita del capricho nocturno.

Y en la trémula dicha de saberte más cerca,

a cada segundo y a cada metro,

me resisto a plegar las pupilas tan sólo

por temor a no soñarte.

Y así, sedienta de ti y

del vivir rendida, dejo que el camino se extienda

delante, total, detrás van quedando las leguas,

viejas y pisadas,

trágicas y perplejas.

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¡Bienvenida yo! Y el problema de la conversación “chateada”

Hola a todo aquél que lea estas lineas (sea como sea que haya llegado hasta acá).

Primero que nada quiero agradecer mucho a Sebastian y a todo el equipo de monografías.com el que me hayan dado este espacio para hablar de las cosas que se me ocurren y/o que voy aprendiendo día a día.

Para estrenar mi nuevo blog, haré (o intentaré) un análisis desde el punto de vista de la pragmática sobre las malinterpretaciones que surgen en la comunicación escrita, más exactamente en la comunicación via internet.

Es menester partir de una definición de “conversación”, y para hacerlo lo más sencillo posible no mencionaré los actos de habla, ni el esquema de Jakobson, ni a Orecchioni, ni nada de eso; diremos simplemente que hay ciertos aspectos o “ingredientes” infaltables para poder hablar propiamente de “conversación”.

Diremos que una conversación es un intercambio de ideas entre dos o más individuos, por medio del lenguaje, en la cual debe haber interacción. Según la rae:

interacción.

1. f. Acción que se ejerce recíprocamente entre dos o más objetos, agentes, fuerzas, funciones, etc.

Es decir que si yo le digo “¿qué hora es?” a una persona dormida, ésta lógicamente no me responderá, entonces no podemos decir que hay interacción, por ende no hay conversación.

Ahora bien, mi dificultad en este tema radica en que los teóricos que he estudiado se han referido sólo a la conversación oral, evidentemente no existía el MSN en sus épocas, así que haré lo que pueda con lo que tengo (conocimientos adquiridos, inteligencia natural y locura innata).

Para empezar, el problema con la conversación “chateada” es que carecemos de dos cosas:

1- la visión del rostro y cuerpo del interlocutor (salvo que usemos webcam, aunque aún así la calidad de la imagen no es la mejor);

2- la entonación de las palabras.

Podría detenerme a analizar ambos factores, pero en esta oportunidad me interesa tratar las entonaciones (además podríamos agregar el contexto en general en ciertos casos).

Tomemos como ejemplo la frase: “ayer vi a la viuda alegre”. ¿Qué está diciéndonos aquí el enunciador? ¿Que vio a la viuda y ésta estaba alegre o que vio a la “viuda alegre”, expresión que denomina a aquellas mujeres que han perdido a su marido y son dichosas por ello o les importa muy poco durándoles casi nada el luto?

Definitivamente, descubrir lo que quiso decirnos el enunciador es cosa muy difícil cuando es dicho por escrito, sobre todo si no tenemos un contexto claro; sin embargo, en la oralidad, la entonación que se le diera a la palabra “alegre” no nos dejaría lugar a dudas.

Es por ello que a la hora de conversar por escrito lo mejor es crear oraciones claras, que no posibiliten la ambigüedad; sería mejor escribir “ayer vi a la viuda y estaba alegre” o “ayer vi alegre a la viuda”. Incluso podríamos agregar otra significación al ejemplo original que también cabría en este último, si tenemos en cuenta que muchas personas no emplean signos de puntuación. Me explico:

“Ayer vi a la viuda alegre” o “Ayer vi alegre a la viuda” puede significar que “yo” (el enunciador) me sentí alegre de ver a la viuda. Desde luego, cualquier hispanohablante que se precie escribiría, para denotar tal cosa: “Ayer vi a la viuda, alegre” o “Ayer vi, alegre, a la viuda”. Y aún así podríamos seguir encontrando ambigüedades… pero ya se me acabó la cuerda.

Para terminar, entonces ¿qué hacer con aquéllos que se resisten a las tan bien pensadas y poco respetadas normas de nuestro amado idioma y/o con aquéllos que no piensan un poquito más antes de escribir? Sólo aguantarnos las ganas de darles un correctivo y limitarnos a preguntar: “¿¿¿qué car… quisiste decir???”.

Mata ne!

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